ZZ…“un anticatalogo de ideas en torno al arte NO convencional… Porque un poco de locura no hace nunca daño”…ZZ

11.1.09

LA ANATOMÍA OSCURA DE LA GRÁFICA POPULAR


LA ANATOMÍA OSCURA DE LA GRÁFICA POPULAR
Roberto Echeto

¿Quién no ha sonreído al ver un pez gigante que lleva una corona y que te anuncia que él es el rey del pescado frito? Nadie.
Nuestras calles están repletas de letreros hechos a mano. ¿Quién no los ha visto? Hemos comido debajo de arepas gigantes moldeadas en fibra de vidrio; hemos dado cuenta de innumerables perros calientes al lado de carritos que exhiben coloridas salchichas bailarinas. Hemos arrasado empanadas al lado de pinturas que las retratan con mano segura. Hemos acudido a comer cachapas en tarantines cuya única identificación es el dibujo de un jojoto perfecto. Hemos mandado a reparar nuestros electrodomésticos en locales donde aparecen dibujadas, con todo detalle, una nevera y una lavadora. Hemos dejado nuestras camisas en lugares que se identifican con el dibujo de una plancha. Hemos comido, bebido, comprado y demás, en sitios que se anuncian al público a través de carteles, de esculturas, de rótulos y de murales en los que predominan las imágenes sobre las palabras o, si lo prefieren, los pictogramas sobre los fonogramas.

Esa preeminencia de lo pictográfico es el detalle más importante a la hora de analizar estos anuncios. Como fueron diseñados para funcionar en entornos donde hay muchas personas con carencias lecto-escritoras, son así de directos; nada de metáforas visuales ni de devaneos ni de tonterías. Si tu negocio es el pollo asado, el anuncio que recibirá a tus clientes contendrá la figura de un pollo asado. Si ves un simpático muñeco hecho con el silenciador de un auto, pues ahí deberás dejar tu carro para que le quiten ese maldito ruido que tanto atormenta a tus vecinos.



Aunque nos guste y la analicemos como la versión naif del diseño visual o como una interesante y muy prolífica rama del arte ingenuo, la gráfica popular responde a las necesidades de unos comerciantes que les ofrecen sus productos a unos consumidores que, por lo general, tienen serias fallas de comprensión lectora. De ahí que el rotulista tenga que apelar a la representación fiel y detallada de los objetos. Hacer otra cosa sería arriesgarse a la incomprensión por parte del público y, por supuesto, a la ruina del negocio.




La gráfica popular funciona igual que las imágenes de una cartilla escolar. En ellas, si se habla de un oso, aparece el dibujo de un oso; si se habla de una casa, aparece el dibujo de una casa y ya. Con la cartilla se le enseña al lector que existe una relación entre las palabras escritas y los objetos. Las imágenes sirven de puente entre unas y otros. Cuando el lector logra establecer esas relaciones en su mente, deja de necesitar los dibujos impresos en la cartilla.


La gráfica popular es un reino en el que tanto los que la consumen como los que la conciben, necesitan establecer puentes entre las palabras y los objetos. Muchos de ellos apenas saben leer y escribir y necesitan entrar en el intercambio normal de información. Por eso una ciudad en la que abundan estos anuncios se convierte en una ciudad-cartilla. La gráfica que se expone en esos carteles no es mero adorno; es el elemento más importante del acto comunicativo que allí se produce. Eso se debe a que las imágenes literales son a la comunicación visual lo que la mímica es al intercambio de pareceres a viva voz: un conjunto de señas que pueden ser entendidos por cualquier persona en cualquier parte del mundo.



A simple vista podría pensarse que ante la obligación de crear imágenes literales, al rotulista no le queda espacio para el regodeo formal o para el derroche de talento. Nada más alejado de la realidad. La gráfica popular se caracteriza por su sentido del humor siempre punzante, por la síntesis rigurosa a que somete las formas, por el establecimiento de nuevos y delirantes significados y por la creación de un discurso visual que comparte variables temáticas y conceptuales con los discursos de otras artes populares como son la música, la danza, la pintura y la literatura oral.A pesar de su amabilidad, la gráfica popular no es tan simple como parece. Sus formas esconden un drama; el drama de que en nuestro país (o en cualquier comarca que prospere) todavía existe mucha gente que no sabe leer ni escribir o que lee y escribe a durísimas penas, y por eso se comunica a través de dibujitos.
Es duro, pero es verdad.

CONFESIONARIO DE ROBERTO ECHETO

Mi nombre completo es Roberto Enrique Echeto Parra


Nací en Caracas


Signo zodiacal Negativo.


Cuando era pequeño acostumbraba ver Meteoro comiendo bizcochos con queso crema.

Cuando cumplí los 20 años pensaba que el futuro era incierto y hoy pienso lo mismo.


Cuando llegue a los 40 me daré cuenta de que el futuro no sólo es incierto, sino hediondo.


Estar vivos es una maravilla y un milagro.


Mi padre es un inventor de genialidades. Lo peor es que él no se da cuenta de su propia genialidad.


Mi madre es la mujer más paciente del mundo.


Venezuela es un país en el que hay más malandros, timadores, prevaricadores y gángsters que gente.

La música y el arte son espacios para probar cuánta perfección somos capaces de soportar.

Descubrí la música y el arte como todo el mundo: por error.

Ahora estoy atraído por los cuentos y las novelas de Adolfo Bioy Casares... Y por Jessica Alba.

La creatividad es peligrosa.

El buen gusto no existe.


El mal gusto tampoco.

Oriente es un invento de los occidentales para explicar por qué no entienden a los que viven en esa parte del mundo.


Occidente es un invento de los orientales para explicar por qué no entienden a los que viven en esa parte del mundo.

Me gustaría estudiar más sobre plomería, mecánica, electricidad o cualquier otra cosa útil.

Nunca he podido arreglar una poceta.

El mayor premio que uno puede recibir es tener la conciencia tranquila y dormir en paz todas las noches.


Un espejo es un objeto imprescindible para cualquier mujer.


La mayor locura que he cometido es haber creído en la ecuanimidad de algunas personas.


Me molestan los jefes, los expertos en Mercadeo, la gente que prefiere manipular su teléfono en lugar de hablar contigo, la gente que está demasiado prendada de sí misma y los ineptos que creen que se las saben todas.


En cuanto a música oigo mucho jazz y mucho rock duro.


Detesto el reguetón porque me parece el equivalente musical de la delincuencia.


Los artistas que más he admirado en la historia son Oskar Kokoschka y Steve Harris.


La ventaja que tenemos en Venezuela es que la temperatura nunca baja a niveles intolerables.

La desventaja que tenemos en Venezuela es que los brutos se reproducen como conejos.

El dinero da la felicidad. El que diga lo contrario, no sabe lo que dice.


Nunca salgo de mi casa sin llevar puestos mis interiores.


Lo primero que hago al levantarme es mear.


Lo último que hago en el día es mear.

Me habría gustado vivir en un edificio en el que jamás se dañen los ascensores ni se vaya el agua ni haya vecinos gritones.


Podría vivir el resto de mi vida en Chacao, Caracas.


Los sitios que me han impactado son aquéllos en los que parece que me han estado esperando toda la vida (como el Museo del Prado, en Madrid, y la capilla donde está El entierro del Conde de Orgaz, en Toledo).


Nunca iría a Irán.


Admiro a la gente que se parece a Winston Churchill.


La mucha música que no puedo dejar de escuchar es la de Judas Priest y Iron Maiden.


Podría ver mil veces La roca, con Nicholas Cage.

A Venezuela le sobran malandros.


A Venezuela le falta gente decente que no se deje montar la pata por los malandros. Pero eso es pedir demasiado...


Creo en Dios y en una cuenta en dólares.


Me gustaría grabar un CD con todos mis peos y enviárselo a Cristina Fernández de Kirchner.


Si vuelvo a nacer me gustaría ser Roberto Echeto.

La vida es un milagro... Lo normal es que ni siquiera estemos.


La vida es una excepción.


La muerte es como una siesta eterna.


Nunca es tarde para acostarse a dormir.

Nunca subestimes a nadie.


Nunca me atrevería a hacerle daño a nadie.

Una de las mejores experiencias de mi vida ha sido contar con la amistad de personas brillantes.


Una de las peores experiencias de mi vida ha sido vivir en un país lleno de imbéciles.

Me dan miedo las enfermedades y los aeropuertos. Los aviones no me dan miedo; los aeropuertos sí.


A veces me gustaría volver atrás para... Para nada

Pienso que mi misión en la vida es hacer el ridículo.

El sentido de la vida es que vinimos a hacer el ridículo.

No lo olviden.Los tres CDs que me llevaría a una isla desierta son... No me llevaría ningún disco sobre todo porque nada garantiza que habrá un aparato para hacerlos sonar.

Si un día me consigo la lámpara de Aladino y el genio me concediera tres deseos, desearía que se los metiera por el culo.

Si me defino con una palabra, diría que soy un anarquista con Master Card.


“Si quieres ser escritor, debes saber que lo más difícil de alcanzar es un equilibrio entre el desarrollo de una capacidad autocrítica demoledora y la confianza suficiente para firmar y publicar un texto”
Roberto Echeto.


Aunque aquí todos los días pasan cosas extrañas como para llenar un mamotreto del tamaño de Los Hermanos Karamazov hablando pestes de algo, hoy no tengo ganas de meterme con nadie ni de despotricar ni de dejar la bilis en esta maravillosa página de opinión. Hoy quiero hablar de cosas buenas, pero como no puedo contar aquí todas las que me gustaría, entonces les contaré dos pequeñas historias edificantes. Veamos pues.
Comienzo por recordar el día en que me puse una máscara de la lucha libre en una reunión en el Banco del Libro, lugar en el que trabajaba sintiéndome un poco incómodo por miles de razones que no vienen al caso. El asunto es que me puse mi poderosa máscara azul y blanca del Huracán Ramírez una tarde en que se celebraba un encuentro solemne en el que participaban la Presidenta, la Directora Ejecutiva y los gerentes principales de la mencionada institución. Mi idea era protestar por alguna barbaridad que ya ni recuerdo. Cubrirme el rostro con esa capucha que hasta lentejuelas tenía, valió la pena sólo por entrar a la sala y verles las caras a todos oscilando entre la risa, el extrañamiento, el miedo y una especie de simulación de la indiferencia que a todos incomodaba. En tal oportunidad supe por fin que ese sentimiento tan extraño al que llamamos "pena ajena" no es otra cosa que un remordimiento por lo que otro está haciendo frente a ti y no por lo que tú haces frente a los demás. Fue extraordinario verles los labios temblorosos a mis compañeros de trabajo al no saber si reír, llorar o retorcerse. Yo, simplemente, entré a la sala, tomé una silla y me senté de lo más cómodo con mi máscara de la lucha libre adquirida en Ciudad de México, esperando a que pasara algo, a que un magma se saliera de su cauce y hubiera gritos, furia e indignación. Sin embargo, nada de eso sucedió. Tuve que esperar tres meses hasta que me dieran mi carta de despido. Tres meses fue lo que tardaron en entender el chiste. Así pasa siempre en nuestro país: la gente entiende el significado de las cosas tres semanas, tres años, tres lustros, tres siglos después.
La próxima vez que algo me moleste en un trabajo, prometo ponerme la máscara plateada de El Santo y entrar a otra reunión, pero esta vez lo haré en interiores y con un paño amarrado al cuello.
Otra de las maravillas que guardo en mi memoria ocurrió hace poco. Estaba yo recostado en la estupenda y cómoda silla que la Doctora Claudia Charr tiene en su consultorio odontológico, cuando, de repente, me di cuenta de que, al estarme reparando una caries que era del tamaño del Cañón del Colorado, la doctora se me transformó en una suerte de Camille Claudel o de Miguel Ángel Buonarrotti que en lugar de andar esculpiendo inútiles héroes de mármol, se dedica a esculpir dientes con toda la gracia y maestría del mundo para que otros mastiquen y sean felices comiendo. Ese día, observando el trabajo de la doctora Charr, comprendí que en nuestra época la escultura ha tomado un camino inusitado y que el arte, además de ocupar espacios tradicionales como el museo, puede encontrarse también en sitios tan poco usuales como nuestra propia boca. La verdad es que no sé si Claudia le echó algo raro a la anestesia, pero ese día llegué a esa verdad.
Podría contar otro montón de cosas estupendas (como la vez en que dormí en una cama clínica que tenía unos cables pelados o como las veces en que mi amigo Enrique Enríquez y yo nos poníamos una peluca de goma amarilla y transmitíamos un programa de radio desde el Museo de Arte Contemporáneo), pero no hay tiempo ni espacio. Yo sólo quiero decirles que por más que el lema de nuestro país sea "Si podemos hacer algo para que su vida sea más miserable, nosotros lo haremos", me siento feliz encontrando la alegría de la vida en las cosas más pequeñas, más insulsas, más ligeras.



Echeto Roberto
Licenciado en Letras, Artista plástico, Dibujante, Performancista, Escritor, Productor de espacios radiales.
Es uno de los representantes de la Nueva Narrativa venezolana.
Ha publicado tres libros. No habrá Final Felíz, Breviario Galante y Cuentos Líquidos.

Le gustan los discos de Charles Mingus, le gusta la lucha libre y más cuando lucha el Santo El Enmascarado de Plata, es seguidor de "Los Soprano", es Fan del grupo de Heavy Rock "RUSH", le gustan las películas de Clint Eastwood y los bares fríos, oscuros y silenciosos en los que se pueda beber cualquier cosa en paz.


AUTORRETRATO CON CACTUS Y FLORERO AMARILLO
Hace años, imitando a Buñuel, hice una lista de las cosas que me gustan y que me disgustan. Hoy me gustaría actualizar esa relación de afinidades y desagrados que definen quién soy.

• Me fascinan los discos de Bill Evans.
• Me gusta el cuarto de libra de McDonalds.
• Me gusta visitar lugares lejanos, pero detesto los aeropuertos y los aviones.
• Me gustan los libros de Anagrama.• Me gustan las mujeres bellas y sexys, pero eso sí: que tengan caras de estúpidas (sí, es un comentario misógino, pero quiero que sepas que si no sabes poner cara de estúpida, jamás lograrás ser sexy).
• Me gustan el queso manchego, el jamón serrano y la sobrasada, pero he renunciado a ellos (como quien renuncia a Satanás) porque el colesterol me va a matar.
• No me gusta el reguetón; me parece el equivalente musical de la delincuencia.
• Me disgustan el Facebook, los trencitos en las fiestas y todo aquello en lo que uno se vuelve manada en lugar de persona.
• Me encantan los cactus, las palmeras y los árboles discretos.
• Me fascinan las películas en blanco y negro.
• Detesto a la gente que saca su Blackberry mientras conversa contigo y se pone a responder mensajitos de texto.
• Me incomoda asistir a conferencias. Cuando voy, me disgusta hasta el infinito el momento en que se le ofrece el micrófono al público para que haga sus preguntas. Nunca falta el sujeto cuya pregunta es una larga disertación que ya incluye la respuesta.
• Odio a los conjuntos musicales venezolanos que incluyen una flauta entre sus instrumentos. ¡Detesto a la flauta en la música venezolana! ¡Ya está bueno de flauta!
• Me gusta oír música a todo volumen.
• Me gustan los discos de Judas Priest. Gracias a los discos de Iron Maiden nunca he sido comunista ni nada que se le parezca.
• Me fastidian Fito Páez, Andrés Calamaro, Charlie García, Gustavo Cerati y todos esos cantantes narizones. ¡Qué curioso: el único de esos cantantes sureños que no es narizón, es Jorge Drexler! ¡Y es otorrinolaringólogo!
• Me encantan el batido de mango y las franelas Ovejita.
• Me fascinan los libros de Adolfo Bioy Casares, en especial La invención de Morel, Plan de evasión y Dormir al sol.
• Detesto ir a esas tiendas donde un letrero pegado en la puerta te anuncia que a la salida «visualizarán» el contenido de bolsos y carteras. ¡Caramba! ¿Por qué «visualizar» en lugar de «revisar»? ¿Por qué los ignorantes son tan rebuscados?
• Me fastidian los fanáticos del béisbol, del fútbol, de cualquier religión o ideología. Yo sólo quiero vivir en paz.
• Me molestan los sujetos que tienen una discoteca en la cabeza y viven para la rumba.
• Me molesta vivir en sitios enrejados, llenos de cámaras y de garitas con guardias que soban escopetas. Uno no está preso y vive, tal cual, como en una cárcel.
• Me gusta el chocolate, pero me da pedorrera.
• Detesto los pisos de cerámica; prefiero los de granito.
• Me molestan el frío y el calor en exceso.
• Me encanta el Museo del Prado.
• Detesto leer parado, escribir a lápiz y no tener Internet (señores de Intercable, su displicencia hacia sus clientes es indescriptible).
• Odio tener que cambiar la clave de mi tarjeta a cada rato. Una vez más estamos ante una prueba de que el mundo es de los malandros.
• Me gusta leer acostado, ver televisión hasta tarde y tomar café antes de cepillarme los dientes por la mañana.
• Me fastidia la lluvia.
• Me gustan los áridos y solitarios paisajes margariteños.
• Abomino de ir a tascas, restaurantes y bares que tengan luces de neón. Uno se siente bebiendo en un salón de clases.
• Me incomodan los padres que les piden a los peluqueros que les hagan un corte de totuma a sus hijos.
• Detesto los bancos, las salas de espera de las clínicas…
• Detesto a los metiches y a los vendedores babosos.

1 comentario:

Ernesto Soltero dijo...

jajajaj coño de la madre, que vaina tan buena... demasiada sinceridad...

NOTICIA IMPORTANTE ATENCIÓN

AQUÍ NO SE ACABA RASGADODEBOCA.
HAY OTRA PÁGINA. SEGUIMOS EN LA PÁGINA SIGUIENTE.
HAZ CLIC ARRIBA y A LA DERECHA EN DONDE DICE ENTRADAS ANTIGUAS.
ZZ…“La dictadura se presenta acorazada porque ha de vencer. La democracia se presenta desnuda porque ha de convencer...Antonio Gala”…ZZ